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Este no es un blog de partos, de maternidad o de crianza solamente, sino que parte de mi experiencia de mujer, de lo vivido, de lo sentido, de lo que me llega... para seguir hacia lo que queda por hacer, hacia lo que puedo y quiero realizar.

Mi evolución como mujer que acompaña a otras mujeres, me muestra un camino del que cada día aprendo y gracias al cual mi sentido de la Vida se amplía y evoluciona en una dirección sin retorno.

Por y para las mujeres. Por y para todos los seres. Porque confío y doy Gracias.

martes, 28 de marzo de 2017

SABIDURÍA de mujer.



Cada vez con mayor frecuencia, pienso que es una lástima que algunas personas se mueran sin dejar un legado de su vida, sin dejar por escrito sus vivencias, sus experiencias. Mi padre, niño de la guerra, fue una de esas personas, y a pesar de que durante sus últimos años nos contaba muchas cosas, estoy segura de que se llevó otras tantas a la tumba…

Hoy cumple NOVENTA años la madre que me parió. Y a pesar de lo disgustada que está porque ella creía tener diez menos, mi hermana Cristina y yo, nos vamos a comer con ella. También le estamos preparando una celebración familiar -aunque de esta fiesta ella no es sabedora-  con hijas y nietos, y biznietos,  con los hijos de su hermana fallecida, y con una amiga que es más que familia.

Como en casi todas las relaciones madre-hija, yo también he tenido mis más y mis menos con la mía. Tras un largo, profundo y doloroso trabajo personal, llegué a aceptar a mi madre tal y como es, sin pedirle más de lo que puede y/o sabe dar. Así, ahora, puedo decir que la amo tal cual se muestra, con esa parte de niña que todavía mantiene y que manifiesta, en ocasiones,  siendo caprichosa y exigente.

Hoy, al volver la vista sesenta y cuatro años atrás, soy consciente de la evolución de esta mujer que se casó embarazada sin saber nada de niños ni de maternidad, que se quedó preñada sin saber cómo había sucedido, y que ha criado a tres hijas como “Dios le ha dado a entender” según sus palabras.

Hoy, cuando paso la mayoría de mis tardes a su lado, la escucho, la observo, y sobre todo, siento en sus preguntas, respuestas, comentarios… a la mujer sabia que se ha hecho a sí sola, a la sabiduría que ha ido adquiriendo a base de varapalos, de experiencias y especialmente, de lo que ha ido aprendiendo –porque siempre ha querido aprender- de sus hijas. De esas hijas que le hemos hecho de espejo y de donde ella se ha ido nutriendo especialmente los cinco últimos años desde que quedó viuda.

Esta mujer pequeñita, cuya vida de casada no ha sido fácil, es una Maestra para mis hermanas y para mí. Cuando menos lo espero hace un comentario que me deja temblando y que hace que me pregunte de qué forma tan fácil ha llegado ella a conclusiones, a permitir que los acontecimientos sigan su curso… y como además con la edad se pierde la vergüenza, no tiene ningún pudor en decir lo que piensa, sea oportuno o no, volviendo a sacar esa niña que mantiene viva…

No sé si he sido capaz de transmitir lo que siento por esta mujer. Hoy veo a la abuela, a la bisabuela que es, y siento que poco tiene que ver con la madre que yo recuerdo en mi infancia, aquella que necesité y estuvo ausente… y sin embargo, en mi edad adulta y siendo yo madre, no me ha fallado nunca,  ha estado a mi lado respetando y apoyando mis decisiones.

Creo que la vida nos va dando oportunidades para reparar lo que no hemos hecho bien en el pasado y mirándome en el espejo de mi madre, pido a la vida aprender a adquirir parte de esa sabiduría y paciencia que ella muestra.

Con 90 años, mi madre ha superado la edad media de esperanza de vida en las mujeres españolas. Aunque tiene a su familia, la soledad profunda es su compañera, y sabiendo que su momento se acerca, siempre me dice que no tiene miedo, que está preparada para el último viaje, para reencontrarse con su madre y con su hermana…


¡Felices edades, madre! Gracias por haberme parido, por haberme cuidado, por ser mi guía en esta vida. Si hay otra, tal vez volvamos a encontrarnos para seguir creciendo y aprendiendo juntas…





lunes, 20 de febrero de 2017

La práctica de yoga y el amor incondicional.




Hace VEINTE años que comencé a practicar yoga. En aquel momento en Valencia, ciudad donde vivo, no era fácil encontrar un centro al que asistir. Me recomendaron uno y, aunque no estaba cerca de mi casa, me hice el ánimo de coger el coche y desplazarme.  Lo cierto es que me encantó y me enganché. Las clases las impartía una mujer unos diez años mayor que yo, y lo que más me gustaba era su espíritu de yogui, la forma que tenía de transmitir qué era YOGA.

Pasado unos años, se cambió de lugar y a este nuevo espacio era complicado acudir con coche, pues estando en el centro de la ciudad era poco menos que imposible aparcar, y desplazarme con transporte público me suponía llegar muy tarde a casa, lo que me producía malestar.  Así es que decidí dejarlo por un tiempo.

Sin embargo comencé a buscar otro espacio donde impartieran yoga y pudiera ir caminando o no estuviera demasiado alejado de mi casa. Ya había más oferta y acudí a varios lugares, a una primera clase e incluso una segunda, a modo de prueba.

Llegué a sentirme fatal por pensar que era egoísta por mi parte buscar a alguien que se pareciera a esa mujer con quien me había iniciado,  pues no encontré a nadie que se asemejara, ni de lejos, a la Maestra con la que yo había comenzado a introducirme en esta práctica. Así es que, lamentándolo mucho, desistí en mi empeño.

Fue en el año 2000 cuando comencé a trabajar como recepcionista, administrativa y chica para todo en una consulta con una fisioterapeuta. Estaba a media jornada, solamente por las tardes.

Por entonces, allí comenzó a dar clases de yoga una mujer joven. Decidí quedarme a probar cuando terminaba mi horario laboral y se me abrió el cielo. No es que se pareciera a aquella maravillosa mujer cuyo recuerdo todavía perdura en mi corazón, sino que para mi sentir,  la superaba.

Comencé a asistir a sus clases y me sentía fenomenal. Su tono de voz, su manera de transmitir, su forma de explicar y practicar las asanas, los mantras que ponía en las clases, su risa… toda ella me pareció mágica.

La fisioterapeuta no me renovó el contrato en la Clínica y la profesora de yoga, por sus circuntancias, también cambió de lugar. Hubo un vacío en mi ser hasta que de nuevo ella comenzó a impartir clases de yoga en su casa. Y a pesar de que estaba bastante lejos de la mía, no me supuso ningún esfuerzo desplazarme en autobús. 
Éramos un grupo muy reducido, con lo que se facilitaba la cercanía entre todas las mujeres ¡cómo no! que íbamos.

Le surgió la oportunidad de impartir yoga en un espacio cerca de su domicilio. Y allí que volví a seguirla. Dos días a la semana. Esperaba con ilusión que llegara el momento y así fui introduciéndome más en esta práctica milenaria, siempre al ritmo que mi cuerpo me permitía, siempre bajo su supervisión pues ella me indicaba las asanas que por mi constitución personal eran o no eran apropiadas.

Y comenzamos a intimar. Nos hicimos Amigas. Compartimos muchos momentos de risas… y muchos momentos de llantos. Me contó su vida, sus circunstancias personales al igual que yo le hablé de mí y lo que en esos momentos me quitaba el sueño. Nos ayudamos desde la escucha incondicional, desde el apoyo, incluso desde los silencios…

Me encantaba su forma de ser pero sobre todo, me maravillaba su espíritu de yogui y su tolerancia. Y poco a poco fuimos estrechando unos lazos que nos mantenían muy cerca.

Pasados unos años, mis circunstancias personales atravesaban por momentos… complejos, y de nuevo se me hacía cuesta arriba desplazarme y llegar tarde y cansada a casa, así es que a pesar de lo reconfortante de practicar yoga y de lo sanadora que era su compañía, no puede más y dejé de asistir.

Con todo ello no nos perdimos la pista. El teléfono, otras actividades… era fácil encontrar un motivo para volver a charlar, a saber de nosotras,  a enviarnos esas palabras de ánimo que tanto hemos intercambiado.

La grandeza de la Vida quiso que ella conociera a mis hermana Cristina y a Andrés , su marido, cuando montaron su centro de yoga Espai Món Sà. Y así fue como retomamos otra vez el contacto. No es que volviera a sus clases sino que acudir por allí con cierta frecuencia facilitaba los encuentros.  A pesar de que éstos se habían distanciado en el tiempo, cada vez que nos volvíamos a abrazar era como si lo hubiéramos hecho el día anterior.

Cada día más amorosa si cabe, su calidez, su empatía, sus chascarrillos y sus risas, me tenían enamorada. Y lo que especialmente me ha atraído es su espíritu de yogui. No he conocido a nadie tan íntegra, tan consciente de lo que supone esta práctica.

Quizás desde mi parte de exigencia, me gusta que las cosas mantengan su origen más puro en la medida de lo posible y tristemente, lo que yo veo ahora es mucha oferta de yoga desde una parte puramente física sin contemplar lo que de espiritual tiene esta práctica tan antigua. 
No digo si está bien o no, simplemente que no me identifico con ello.

Porque para mí, la mejor forma de transmitir algo es desde el convencimiento, la práctica, la pureza, el ejemplo… y ELLA es una pura YOGUI, porque para ella el yoga es una filosofía de vida. Y así lo transmite en sus clases, en sus actos...

El pasado mes de junio asistí a un retiro de fin de semana que organizaban mis hermanos junto a ella. Fue precioso hasta el punto de que, cuando hace unos días me enteré de que habían preparado otro, corrí a coger el teléfono y decirles que contaran conmigo esta vez también.

Y es por eso que escribo estas palabras. Porque me apetece hablar de ella, porque quiero que el mundo que me rodea, la conozca…

No voy a relatar lo que ha supuesto el fin de semana porque no ha sido solamente ella quien ha conseguido que me olvidara de mis pre-ocupaciones y de mis angustias,  ya que tanto Cristina como Andrés, cada cual con su aportación, han contribuido a que este fin de semana haya sido especial, sanador y nutritivo.

Escribo estas palabras porque, volver a estar con ella durante estas horas intensas ha supuesto un repaso a estos diecisiete años que nos conocemos, a  lo que ha sido nuestra evolución personal durante este tiempo. Y me siento tan feliz con ella, con lo que me ha aportado, con su forma de abrirme los ojos y con su manera de respetar mis momentos oscuros, que mi agradecimiento sin límites quiero propagarlo a los cuatro vientos, o al menos hasta las personas que pueda llegar este escrito.

Gracias por compartir-me tu vida, Uma (aunque para mí sigas siendo Pilar), por todo lo dicho anteriormente. Por ser la mejor yogui que conozco. Por tu Amor incondicional a todos los seres que te rodean. 
Gracias por aceptar como regalo los pendientes de labradorita porque aquello, ¡por fin! supuso el final de una etapa y el comienzo de otra.

Te quiero, compañera del alma. Te quiero.




domingo, 29 de enero de 2017

Punto. Y seguido.



Ya van siendo muchos los años que llevo junto a esta maravillosa máquina humana que me acompaña y me sostiene y que,  por "suerte" (o sea, trabajo personal continuo), cada vez conozco mejor. 
De nuevo tras una serie de señales, el cuerpo me ha vuelto a parar.

Por diversas circunstancias he llegado a un momento de agotamiento emocional que ha trascendido a lo físico.  Situaciones familiares que me hacen fluctuar entre el dolor, la tristeza y la rabia. Presencia constante e inevitable que me agota también físicamente. Acompañamientos intensos que me llevan a replantear creencias. Y alguna cosilla más.

Noches de insomnio. Taquicardias constantes. Subidas de tensión. Irrefrenables ganas de llorar. Desear un agujero para entrar y no salir en una temporada. Heridas sin importancia en las manos. Y al final, un herpes que rodea mi cuerpo desde la zona lumbar hasta el pubis. ¡Hasta aquí!

Y ahora, sí o sí, lo veo y lo escucho. Ahora toca parar.

Como he dicho al principio y dado que me conozco, sé que no será por mucho tiempo. Mi temperamento y mi personalidad en cierto modo cíclica, acogerá el espacio necesario para recomponerme, para poner en orden lo que se ha salido de madre, para nutrirme y para volver a la carga de otra manera. Más consciente, más pausada, más serena…

Antes de echar culpas a los cambios del tiempo, a la edad, o a los demás, necesito mirar hacia dentro y ver qué me está pasando. Tomar distancia para ver qué es lo que sobra a mi alrededor, para valorar lo que realmente tiene sentido, para invertir energías en aquello que lo merece y para seguir dando a toda máquina y desde el corazón lo mejor de mí: mi tiempo y mi acompañamiento para las personas que lo requieran.

El cuerpo es sabio, no hay más que escucharlo. Por ello, por los momentos invertidos en la escucha, por permitirme llorar, por no esconder mis emociones, por enfrentar con valentía que todo es un aprendizaje y por seguir viviendo, doy una vez más gracias a la Vida… que me sigue dando tanto.




miércoles, 18 de enero de 2017

Doulas: volvamos a hablar claro.


 "La habitación del parto". Lawrence Alma-Tadema


Que el cuerpo de una mujer, por genética pura está preparado para concebir, gestar y parir…    Que un bebé intrauterino sabe cómo y cuándo es el momento de nacer...

Que si el parto se desarrolla en las condiciones apropiadas de intimidad, privacidad, respeto y ausencia de medicalización e intervención no tiene por qué presentar complicaciones… son realidades que conocemos quienes estamos en torno al nacimiento de los seres humanos.

Sin embargo, hay circunstancias por las que los partos no fluyen como deberían y aparecen situaciones que dificultan el nacimiento, poniendo en peligro la vida de la madre e incluso, la del bebé.

Yo no voy a entrar en cuáles pueden ser estas causas, ya sean físicas, ya sean emocionales, por los profesionales y/o prácticas,  o una mezcla de todas ellas.  Lo bien cierto es que estas circunstancias se dan aunque, afortunadamente, en menor medida frente a los partos y nacimientos con éxito.

Quiero hablar desde mi humilde experiencia, desde el poco tiempo que llevo acompañando a mujeres en el momento de dar a luz. Mi vivencia es pequeña frente a la de cualquier profesional que lleve años asistiendo partos. Sin embargo y puesto que yo me he preparado sola y exclusivamente para el acompañamiento emocional, sí presto mucha atención a lo que desde este punto de vista sucede. Y confieso que cada vez que acompaño en un parto, soy más prudente, más cautelosa y más respetuosa con lo que supone el proceso puramente fisiológico.

Yendo ahora en otra dirección, diré que me parece bien lo que cada mujer decida hacer con su cuerpo llegado el momento de parir.  Mujeres que quieren llegar al hospital, no enterarse de nada y de inmediato solicitar analgesia y/o anestesia. Mujeres que desean estar en su casa el máximo de tiempo para llegar a puntito de parir y evitar intervenciones innecesarias. Mujeres que desean fervientemente parir en sus hogares. Incluso mujeres que quieren parir sin acompañamiento sanitario, o sea, tener un parto autogestionado.

Entiendo que como personas adultas y responsables, en cualquiera de los casos, ellas eligen la opción y ellas asumen lo que felizmente pueda pasar… o lo que no llegue a ser tan feliz. He dicho que respeto sus decisiones, lo cual no quiere decir que las comparta.

Haciendo un inciso, comentaré que hace un par de semanas me llamó una mujer para interesarse por la formación de Doulas. Es madre de dos niños y  le atrae mucho este mundo del acompañamiento. Puesto que este año no ha sido posible, quedé en mandarle información para la próxima edición. Hace cuatro días me volvió a llamar para preguntarme si para ser Doula se debía de tener un perfil especial… pues sus amigas y conocidas le decían que ella no podría ser Doula porque había parido a sus hijos con epidural. Después de mi inicial sorpresa y de aclararle este mal entendido, me quedé pensativa pues sigue siendo real la poca y mala comprensión que hay respecto a lo que una Doula ES y no hace.

Y vuelvo al tema anterior.

En los días que llevamos de este año, he tenido la maravillosa oportunidad de acompañar en dos nacimientos, hechos que confirman y me reafirman en la prudencia a la hora de estar junto a una mujer de parto, junto a una familia.

A pesar de que ambas madres estaban bien informadas en cuanto a la fisiología del proceso, los protocolos hospitalarios y se hallaban emocionalmente muy preparadas, a pesar de que sus elecciones eran conscientes y consecuentes con su manera de ser y de vivir, los hechos no se desarrollaron como ellas habían previsto y deseado para el nacimiento de sus bebés.

En el primer caso, un parto muy largo y agotador llevó a la mamá a solicitar anestesia epidural, con la consecuente colocación de oxitocina sintética, la imposibilidad de movimiento y todo lo que conlleva la administración de medicación. La posición del bebé y la poca experiencia del personal sanitario del primer turno que la atendió, llevaron a que la madre se agotara hasta el punto de demandar aquello que no entraba en sus planes. Finalmente y gracias a la fuerza amorosa de esta madre, al sereno apoyo del padre y a la profesionalidad y destreza de la matrona entrante en el cambio de turno, el bebé nació feliz y vaginalmente tras más de 35 horas y desde un útero que había tenido una cesárea previa hacía unos años.

El segundo caso fue realmente serio. Una preclampsia en semana 36 obligó a una cesárea de urgencia. ¡Bendita operación y bendita atención medica! No voy a facilitar más datos porque la madre y su familia todavía no se han recuperado…

Y voy entrando en lo que me ocupa…

Por definición y desde el más completo convencimiento, la Doula es la mujer que acompaña a otra mujer en procesos de maternidad. Los decálogos de todas las asociaciones de Doulas, y las Doulas con las que comparto criterios, hacemos hincapié en que no somos personal sanitario y por tanto, no incurrimos en ninguna actuación de este tipo,  de la misma manera que insistimos en no acompañar partos autogestionados, esto es, sin presencia de personal sanitario.

Sin embargo,  para mi desdicha y de las mujeres que estamos trabajando para el reconocimiento y legalización de esta actividad,  sabemos que hay mujeres que se hacen llamar doulas que sí están dispuestas a atender partos sin estar cualificadas ni reconocidas legalmente para ello. Podría añadir muchas cosas, sin embargo solo aportaré mi indignación y lo que supone de falta de responsabilidad y de respeto hacia el resto de un colectivo que está sudando tinta para poder conseguir un lugar junto a las madres que las buscan, para las Doulas que queremos trabajar desde la legalidad y en armonía con el resto de profesionales que intervienen en los nacimientos.

Quiero creer que estas mujeres que están dispuestas a acompañar partos autogestionados tienen poca experiencia y que no se han encontrado con problemas serios en un parto, quiero creer que sus deseos los basan en idealismos… y temo pensar cómo se enfrentarían y defenderían la vida de la madre y de su bebé ante cualquiera de las situaciones que me he encontrado estos días.

El tema es lo suficientemente serio para llevarlo a reflexión. Como he dicho, respeto que una mujer quiera parir sola,  bajo un olivo o en medio de un río, respeto que quiera que la acompañe su mejor amiga o su panadera, pero no respeto que esa persona que acompaña se autodenomine Doula. Ni lo respeto ni lo voy a defender, así de claro. Puede llamarse de mil formas o no llamarse de ninguna, pero que no mancille esta denominación que hemos elegido quienes queremos hacer las cosas desde otra perspectiva, desde la legalidad que se nos permite en este país donde vivimos.

Por todo lo anterior, invito a toda mujer que quiera contar con una Doula en su parto, que pida referencias, que averigüe qué tipo de formación y de experiencia tiene la Doula en cuestión, que hable con otras mujeres a las que haya acompañado y que tras una conversación personal, decida si es quien merece este regalo de ser testigo del nacimiento de su hija, de su  hijo, desde la seguridad y la legalidad, desde lo que es ESTAR sin intervenir porque eso es lo que corresponde al personal sanitario preparado para tal efecto.

Sé que no voy a quedar libre de polémica, pero realmente no me importa. Posiblemente, si yo viviera en cualquier otro lugar o país donde hubiera tradición de partería, yo sería una buena partera por amor y convencimiento. Sin embargo, y puesto que para mí la vida humana y el derecho a nacer digna y legalmente, es  una posesión a defender, manifiesto todo lo anterior.

Espero y deseo que quienes se hacen llamar Doulas y no se ciñen a unos mínimos de cordura y sentido común, reflexionen y se desmarquen del resto de un colectivo que trabaja por el reconocimiento y la homologación de esta profesión tan bonita, tan hermosamente humana.







jueves, 5 de enero de 2017

Parir en un hospital: cuestión de suerte.



Que la Organización Mundial de la Salud, la Estrategia de Atención para un parto Normal e incluso la SEGO indica los protocolos para tener un bebé mediante un parto vaginal, es algo que quienes nos movemos en estos temas sabemos bien. 

También sabemos que el número de cesáreas se excede bastante de lo recomendable. Sin embargo, es algo que continua ocurriendo a pesar de las buenas intenciones del personal sanitario. 
Que las cesáreas se siguen haciendo en muchas ocasiones de manera innecesaria es algo demostrable. Solamente que, cuando una mujer ha pasado por una operación de cirugía mayor como es esta práctica, pocas ganas le quedan de averiguar cuál ha sido el motivo que le ha llevado a ello. Y mucho menos de poner una reclamación o denuncia al centro sanitario.

Las cesáreas, cuando son necesarias, salvan vidas, esto es indiscutible.  Sin embargo, siempre me queda la duda de si se podría haber hecho algo más antes de llegar al quirófano…

Recientemente he acompañado a unos padres en el nacimiento de su segundo hijo. He estado con ellos más de 30 horas, a su lado, sin separarme más que para lo justo. En su casa y en el hospital.

Para esta madre iba a ser su primer parto vaginal ya que el anterior hijo nació mediante una cesárea innecesaria, tras una inducción en la semana 38 de gestación.

Cara a este segundo nacimiento, se había preparado a conciencia desde antes de estar embarazada. Un trabajo de información en torno al proceso fisiológico y emocional, de búsqueda del centro hospitalario que mejor se adaptaba a sus deseos. Un trabajo personal que le aportó una fuerza interior capaz de enfrentarse al más brutal de los acontecimientos en la vida de una mujer que desea ser madre: un parto vaginal de manera natural.

Voy a ahorrarme todos los detalles hasta el momento del ingreso en el centro sanitario. Si la madre quiere, ya lo contará ella. Me voy a centrar en lo sucedido en el hospital ya que es lo que me interesa compartir ahora.

En el primer reconocimiento, el profesional que la atendió le comentó que estaba con una dilatación de 2 cm, que no estaba de parto y como llevaba varias horas con la bolsa rota, se quedaba ingresada, administrándole una primera dosis de antibiótico como preventivo cara a una posible infección.

En la habitación, la madre muy consciente de su situación, continuaba con unas contracciones rítmicas y constantes cada 3 minutos que comenzaban a ser dolorosas. La ducha de agua caliente sentada en la pelota, los paseos por la habitación, los masajes en la zona lumbar, el movimiento de pelvis, las agachaditas… todo lo que su cuerpo le demandaba para aliviar esa sensación de dolor.

Pasaba el tiempo. Más horas y más reconocimientos, y se mantenía en 2 cm de dilatación.  El ginecólogo de guardia le comentó que el bebé no terminaba de descender, que no estaba bien colocado y planteó la posibilidad de utilizar oxitocina sintética y epidural para acelerar el proceso.

La madre se desanimó, el cansancio era grande y comenzaba a flaquear. Habló con su pareja y decidieron solicitar la medicación. Aún así, permanecieron en la habitación un tiempo más. Las contracciones comenzaron a descender en frecuencia e intensidad… la mamá estaba realmente agotada e incluso se plantearon solicitar una cesárea.

A primeras horas de la madrugada, se quedó en paritorio con la bomba de oxitocina y con la de epidural en su versión “walking” que supuestamente le permitiría movimiento en las piernas. Pasados unos minutos, la mamá pudo descansar y se quedó dormida durante unas horas.

Se acercaba el cambio de turno del hospital y mis esperanzas se centraron en que entrara a los paritorios alguna de las matronas que conozco y que sé cómo trabajan… Pedí al cielo que fuera una de ellas quienes continuaran asistiendo este parto...

Porque era consciente de que el equipo que la estaba atendiendo hasta ese momento, no había hecho nada por favorecer el avance el parto. Además de no haber mostrado un mínimo de empatía hacia esta mujer, no había mostrado profesionalidad… y sé bien por qué lo pensé. Pero me lo callé, no se lo dije a los padres porque bastante tenían sintiendo la sombra de otra posible cesárea sobre el vientre de esta hermosa mujer.

Mis oraciones tuvieron la respuesta deseada. A las nueve de la mañana, el papá que estaba con su mujer en dilatación, me comentó que había entrado una matrona nueva y al decirme su nombre, con la piel de gallina y lágrimas en los ojos, le afirmé que su mujer iba a parir. Que ésta era una de las matronas con las que yo había trabajado, que la había visto utilizar sus recursos y que confiaran en que pronto tendrían a su bebé en los brazos.

Y a partir de ahí el parto dio un giro espectacular. La ginecóloga le concedió cuatro horas más antes de tomar otra determinación más drástica.  Y mi querida matrona empezó a utilizar sus herramientas: cambio postural, movimiento de piernas, administración de suero glucosado para recuperar el agotamiento de la madre y del bebé y sobre todo, palabras suaves, amorosas, de apoyo, de confianza. Miradas y sonrisas cómplices hacia esos padres que estaban al borde del derrumbamiento. Y cariño, mucho cariño es lo que tiene esta matrona para todas las mamás que atiende en sus partos.

Y pasadas cuatro horas desde que esta maravillosa comadrona hizo el primer reconocimiento y puesto en marcha sus estrategias profesionales… la mamá había alcanzado su dilatación COMPLETA.  

Salió el papá y entré yo un momento a ver a esta mujer con la que había establecido una preciosa relación de intimidad y cariño.  Nos abrazamos llorando las dos y tras decirle lo preciosa que estaba, la animé a seguir hablando con su bebé y a sentir esa fuerza interior que tanto había trabajado. Y en ese momento, de forma involuntaria y refleja,  su útero, repleto de amor y oxitocina,  comenzó a pujar… 
¡Y en unos minutos el bebé nació vaginalmente!

¡Imaginad la felicidad de estos padres!  ¡Imaginadme a mí llorando a moco tendido en la sala de espera…!

He omitido muchos detalles, porque como he dicho antes, si la mamá quiere ya contará su experiencia. Sin embargo, sí que quiero hacer constar la diferencia entre unos profesionales y otros. La diferencia en la formación, en la práctica, en el trato, en la experiencia… unas diferencias que habrían sido fatales, pues para esta mujer en concreto el conseguir su parto vaginal después de cesárea, era una prioridad desde hacía mucho tiempo y para lo que se había preparado a fondo.

Y a pesar de que la Vida le ofreció la recompensa a su empeño, yo me quedo con la duda de qué habría pasado si no hubiera venido esta profesional experta y amorosa a continuar atendiéndola.

El parto es el acontecimiento más salvaje por el que pasa una mujer que desea ser madre. Es una muerte y un renacer. Es una bienvenida a la Vida. El nacimiento consciente de una hija, de un hijo, es la máxima expresión del amor incondicional. Son muchas las mujeres que desean estar activas y ser partícipes de este hecho y es muy triste que sus deseos se vean satisfechos o frustrados en función del profesional que la atienda.

Esto es así, que nadie me lo niegue.  He acompañado partos hospitalarios y he sido testigo de primera mano de lo que allí sucede. 
Y de la misma forma que éste ha tenido un final feliz, ha habido otros nacimientos que han sido totalmente intervenidos y medicalizados por la falta de profesionalidad, respeto y empatía del profesional de guardia. 
Yo he sido testigo mudo, y nadie puede negar lo que he visto y la impotencia que he sentido.

A pesar de que hay atisbos de mejoras, a pesar de que cada vez son más las/los profesionales que han cambiado su conciencia, sigue habiendo quien se limita a intervenir con lo que aprendió sin más implicación, sin más reciclaje ni más formación para estar atendiendo desde una postura emocional, respetuosa y acorde con la necesidad de cada mujer.

Y esta es mi reivindicación: no hay derecho a que esta experiencia potente, animal, visceral y renovadora que marca de por vida a una mujer, se lo juegue todo a una carta dependiendo de la que le toque jugar…